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domingo, septiembre 6, 2026

Todo Que Ver con La Fotografía

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El privilegio de congelar el tiempo

Vivimos en una época extraordinaria. Un tiempo donde basta con alzar un teléfono, enfocar y apretar un botón para capturar un instante. Una sonrisa, un atardecer, una mirada. Hoy podemos conservar para siempre lo que, durante siglos, solo podía vivirse una vez. La fotografía nos ha dado el privilegio de detener el tiempo… aunque quizá, en ese privilegio, también hay una trampa.

Para dimensionar lo que significa este avance, hay que mirar atrás. Durante buena parte de la historia de la humanidad, conservar la imagen de un ser querido era un lujo reservado a unos pocos. Antes de que existiera la fotografía, las personas que querían preservar el recuerdo de alguien —un padre, un hijo, una figura pública— debían encargar un retrato pintado a mano. Un proceso largo, costoso y exclusivo. Solo la élite podía darse ese lujo, y aún entonces, el resultado dependía del talento (y del estilo) del artista. Para el resto, la memoria era solo eso: algo que se desvanecía con el tiempo.

Todo cambió en 1826, cuando Joseph Nicéphore Niépce logró capturar la que hoy se considera la primera fotografía permanente: una vista desde la ventana de su casa, registrada en una placa de estaño recubierta con betún. Esa imagen, borrosa y gris, tardó ocho horas en exponerse. Aun así, marcó el inicio de una revolución visual. Más adelante, en 1839, Louis Daguerre presentó el daguerrotipo, un proceso más eficiente y accesible. A partir de ahí, la fotografía comenzó su camino hacia la masificación.

Durante el siglo XIX, los retratos fotográficos se convirtieron en una forma popular de recordar a los muertos, de inmortalizar la juventud, de celebrar la unión familiar. Para muchas personas, era la única imagen que tendrían jamás de sí mismos. Era un evento: vestirse de gala, posar serio y quieto, sabiendo que ese instante quedaría impreso para siempre.

Con la llegada del siglo XX y los avances tecnológicos, la fotografía se volvió más portátil, más accesible y más rápida. Aparecieron las cámaras instantáneas, los álbumes familiares, las fotos en blanco y negro, luego a color. Capturar una imagen pasó de ser una ceremonia a ser parte de la vida cotidiana. Pero el verdadero salto llegó con la era digital y, sobre todo, con los smartphones.

Hoy tomamos más fotos en un día que las que una persona del siglo XIX podía ver en toda su vida. Y eso es maravilloso… pero también desconcertante. Nos hemos acostumbrado tanto a la facilidad de capturar momentos, que muchas veces lo hacemos sin siquiera mirarlos. Tomamos una foto y ya estamos pensando en la siguiente. Disparamos por costumbre, no por emoción.

Además, en la era de las redes sociales, la fotografía ha adquirido un nuevo propósito: proyectar. Mostrar lo que queremos que los demás vean. No necesariamente lo que es, sino lo que aparenta ser. La espontaneidad ha sido reemplazada por la pose, la edición, el filtro. Ya no se trata de congelar la realidad, sino de construir una versión pulida de nosotros mismos. Buscamos la foto perfecta, no el momento auténtico.

Y en medio de esa búsqueda de perfección, corremos el riesgo de olvidar el poder original de la fotografía: ser un testimonio. Una prueba de que estuvimos ahí. De que algo, o alguien, existió. Una imagen no tiene que ser bella para ser significativa. Basta con que nos conecte con un recuerdo real.

Es un privilegio vivir en este tiempo. Podemos capturar a nuestros seres queridos con solo girar el teléfono. Podemos documentar nuestro paso por el mundo, minuto a minuto. Podemos compartir una parte de nuestra vida con alguien al otro lado del planeta. Pero también es nuestra responsabilidad devolverle a la fotografía algo de su peso, de su intención. Elegir qué momentos queremos recordar… y por qué.

Porque al final del día, no son las fotos más pulidas las que nos marcan, sino aquellas que logran algo más raro y valioso: hacernos sentir.

Escucha el episodio “Todo Que Ver con la Fotografia”

Adrian Murra
Adrian Murrahttps://www.todoquever.com
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